Nos vamos a acabar la vida

Nos vamos a acabar la tinta.

Nos vamos a acabar los lamentos.

Nos vamos a acabar la indignación.

Nos vamos a acabar la voz.

Nos vamos a acabar las de ocho.

Nos vamos a acabar las esquelas.

Nos vamos a acabar las lágrimas.

Nos vamos a acabar las marchas.

Nos vamos a acabar las leyes.

Nos vamos a acabar las planas.

Nos vamos a acabar el enojo.

Nos vamos a acabar la tristeza.

Nos vamos a acabar los argumentos.

Nos vamos a acabar los homenajes.

Nos vamos a acabar las columnas.

Nos vamos a acabar las fiscalías.

Nos vamos a acabar las conferencias de prensa.

Nos vamos a acabar los videos.

Nos vamos a acabar la ira.

Nos vamos a acabar las suelas.

Nos vamos a acabar los tuits.

Nos vamos a acabar las entrevistas.

Nos vamos a acabar los abrazos.

Nos vamos a acabar las redacciones.

Nos vamos a acabar los juicios.

Nos vamos a acabar este país.

Ya ni siquiera recuerdo cómo era el México donde no asesinaban a periodistas con la mano en la cintura y en total impunidad.

Ayer escribía de Javier Valdez y los 365 días de lastimosa impunidad, hoy escribo de Juan Carlos Huerta, periodista asesinado ayer frente a su casa en el municipio de Centro, Tabasco.

Huerta trabajaba para radio y televisión. Esposo y padre de dos. El número 43 de este sexenio. Ese 43 que tanto nos ha lastimado en esta administración y que ahora aparece como el recuerdo de que no pasa nada aún cuando nos están matando.

Desde el 2000 la lista suma ya más de un centenar y aunque entre 2017 y 2018 se han girado 23 órdenes de aprehensión por presuntos homicidas de periodistas, de las que ya se cumplimentaron 16, eso no significa ni verdad ni justicia para las familias, no hay una verdadera reparación del daño mientras no haya la seguridad de que eso no nos va a volver a pasar.

¿Cuántos más ‘YA BASTA’ se necesitan para que haya mecanismos reales de no repetición?

“De acuerdo a los primeros reportes, Juan Carlos Huerta fue emboscado por dos automóviles cuando salía del fraccionamiento donde vivía y le dispararon en al menos cuatro ocasiones”, relatan las notas periodísticas.

Un muerto más en medio de las conmemoraciones por el año de impunidad con el nombre de Javier Valdez. No terminamos de llorar a uno cuando ya tenemos que enterrar a otro. Y junto al cadáver, la promesa vacía de ‘justicia’, de ‘no impunidad’.

¿Cómo se acostumbra uno a perder la libertad de decir sin que ello se vaya la vida? ¿Por qué ninguno de los candidatos está peleándose por propuestas en materia de libertad de expresión? Será quizá porque ninguno ha hablado en concreto del tema.

Nos vamos a acabar las palabras y aún así los muertos se acumulan.

Nos vamos a acabar la vida y aun así seguiremos recordándolos y pidiendo justicia.

 

 

Con información de Javier Risco para El Financiero 


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