Hombre que escapó de la cárcel de alcatraz le envía una carta al FBI después de estar libre por 50 años

Una nota "desde el más allá"

Una sencilla carta manuscrita llegó un día a una pequeña estación de Policía ubicada en el barrio Richmond de San Francisco. Las escalofriantes palabras tomaron vida fuera de la misiva. “Mi nombre es John Anglin. Me escapé de Alcatraz en junio de 1962 junto a mi hermano Clarence y Frank Morris”. Y la carta siguió: “Sí, todos lo logramos esa noche. Bueno, por poco”.

Este fue apenas un nuevo giro en más medio siglo de misterios. La fuga de Alcatraz es uno de los escapes de prisión más legendarios de la historia y el destino de los involucrados sigue sin resolverse hasta estos días. Pero, tal como lo indica la críptica carta, los fugitivos pudieron haber sobrevivido. ¿La misiva era genuino o alguien estaba jugando una broma pesada?

Las agencias de EEUU encargadas de hacer cumplir la ley aún desconocían el destino de los fugitivos de Alcatraz. Pero esta única carta fue tan impactante que el Departamento de Policía de San Francisco la mantuvo fuera del conocimiento público durante un lustro. Sin embargo, todo cambió en enero de 2018.

Desde 2013, los análisis interminables de la letra de la carta y los oscuros detalles que contiene la misma no han sido concluyentes. Pero la misiva fue lo suficientemente convincente como para que el FBI decidiera reabrir la investigación del caso de forma oficial. ¿Qué hizo que esta revelación fuera tan increíble? ¿Por qué después de 56 años este caso seguía siendo tan era tan estremecedor?

Jim Albright fue el último guardia en abandonar Alcatraz. Dos meses después de que apareciera esa misteriosa carta, el FBI reabrió el caso y el guardia fue entrevistado por medio de San Francisco para conmemorar el 55 aniversario del cierra de la prisión. Albright fue consultado sobre qué pensaba acerca del destino de los tres fugitivos.

El ex carcelero notó que el autor de la misteriosa carta había mencionado que tenía 83 años y que tenía cáncer y por ello creyó que todo fue un truco para conseguir asistencia médica. “Esto depende de si me estás hablando a mí o a su madre”, afirmó Albright. Y añadió: “Yo creo que se ahogaron. Realmente lo creo así”. Pero, ¿qué sucedió en realidad?

Ubicada en las frías aguas de la Bahía de San Francisco, la Penitenciaría Federal de Alcatraz fue una de las prisiones más famosas del planeta. Esta fortaleza de máxima seguridad se había convertido en el sitio donde las fuerzas de Seguridad de EEUU destinaban a los criminales más peligrosos. Debido a su ubicación, Alcatraz mantenía a los presos en total aislamiento.

Apodada “La Roca”, la prisión de Alcatraz se ganó una reputación de más de 29 años como el “final de la línea”. Desde su diseño hasta su severo régimen de guardias pasando por su entorno geográfico, este era un lugar del que se sabía que ningún recluso volvería. Y muchos de ellos lo descubrirían a través del camino difícil.

En Alcatraz no faltaron las sombrías estadísticas de quienes intentaron escapar y fracasaron. Incluso hubo una rebelión en la que los prisioneros capturaron el puesto de un guardia. Esto requirió la intervención de los infantes de marina de EEUU. El total de las 14 fugas de Alcatraz había fracasado y, con frecuencia, los fugitivos perdían la vida.

Lógicamente, los guardias se habían convencido de que Alcatraz era invencible y que cualquier fuga significaría un fracaso para quien lo intentara. Pero hubo un caso diferente. Tal como sucedió, la combinación de personas involucradas -cada una con su propia experiencia- sería más exitosa de lo que nunca nadie podría haber imaginado.

A los 11 años, el niño Frank Lee Morris nacido en Washington D.C. se había quedado huérfano y su futuro no mostraba nada bueno para él. El tiempo indicó que usó su notablemente elevado IQ para el lado del crimen. A los 13 años fue ingresado a los archivos policiales. A los 20, ya era un criminal experimentado.

Pero este astuto joven extraviado pasaría a las primeras planas de una forma que nadie imaginaba. Morris sabía cómo escapar de las cárceles. Lo había hecho antes. Y fue precisamente esta experiencia la que lo impulsaría a ser el líder de la fuga de la prisión más complicada de la historia moderna.

“Mi nombre es John Anglin…”, Así comenzaba la carta enviada al Departamento de Policía de San Francisco. El presunto escritor y su hermano Clarence fueron las otras piezas de la ecuación en la famosa fuga de Alcatraz. Si Frank Lee Morris era el cerebro, los hermanos Anglin fueron los músculos.

De pura casualidad, West se topó con las sierras que alguien había olvidado. Sin embargo, los reclusos de Alcatraz tenían muchos recursos a su disposición ya que fabricaban muebles y ropa para el ejército de EEUU.

Al ser detenidos por delitos no violentos, en diciembre de 1961, West, Morris y los Anglin fueron ubicados en celdas adyacentes, lo que les daría una gran ventaja. Debido a sus estatus, los guardias los consideraron poco sospechosos y recibieron menos atención de su parte. Pero hacer la vista gorda sería la perdición para ellos.

Esta fue la tormenta perfecta para el genio criminal. Frank Morris, John y Clarence Anglin y Allen West comenzaron a diseñar con cuidado lo impensable: escapar de la prisión federal en la isla de Alcatraz. La imposible hazaña requeriría de un meticuloso plan.

Ellos sabían que cualquier error les costaría la vida porque los guardias tenían instrucciones de disparar con balas de verdad ante cualquier sospecha de fuga. Los guardia cárceles jamás podrían saber que algo estaba en marcha. Para engañarlos, al equipo se le ocurrió una idea descabellada. Decidieron dejar maniquíes de tamaño natural en sus camas.

Una cuchara, una sierra, el viejo motor de aspiradora… todo serviría. Lentamente y pieza por pieza, el equipo reunió todo tipo de objetos que pudieran convertirse en un cincel. Los sencillos objetos cotidianos que pensaron usar eran increíbles. Necesitaba una vista de lince y una hoja más afilada.

Cavar resultó ser una tarea minuciosa. Cualquier evidencia debía ser escondida con cartón. Cada uno sacó las rejillas de ventilación de sus celdas. Todos ensancharon los orificios de 9 por 23 centímetros que ya estaban allí. Y aquí viene lo más sorprendente: la forma en que descubrirían que esto era posible.

Los cuatro criminales encontraron que las paredes de su celdas en Alcatraz podían ser de su propio beneficio para el plan. La penitenciaría ya estaba vieja y se desmoronaba. El agua salada de la Bahía de San Francisco fluía hacia las tuberías de los baños y la cocina. Y con los años erosionó las cañerías.

Las goteras de las tuberías rotas se filtraban en las paredes y erosionaban sus cimientos, desmoronando el cemento y haciéndolo fácil de rapar. Pero había un último y clave detalle que debían dilucidad: cómo enmascarar el sonido de su “trabajo”.

¿Cómo es posible que nadie escuche a cuatro hombres diferentes cavando hoyos en las paredes de una cárcel? Las reformas penitenciarias que recientemente se habían implementado les permitieron a los reclusos tocar su propia música. En esas horas, el estruendo era fantástico y se oía en los pasillos de Alcatraz.

Por lo general, los miembros del equipo trabajaron entre las 17:30 y las 21. En esa franja horaria cavaban los hoyos para escapar. Frank Morris tenía un acordeón y también aportaría su propia música para encubrir la tarea. La caja del instrumento tuvo un uso fundamental para ayudar a ejecutar su plan de fuga.

Morris no solo podía tocar el acordeón para ocultar el ruido que hacían sus compañeros de equipo sino que el instrumento también podía ser remodelado y utilizado como un fuelle para inflar la balsa que tendrían que usar para fugarse. Justamente la balsa era lo último que quedaba por fabricar para completar el equipamiento.

De forma increíble, el equipo reunió unos 50 pilotos impermeables. Pegaron y cosieron las chaquetas y, milagrosamente, crearon una balsa inflable y chalecos salvavidas. Para los remos usaron restos de madera. Ya tenían todo, llegaba la hora clave.

El corredor en ruta a las tuberías no tenía vigilancia. Esto significaba que los cuatro reclusos podían escalar fácilmente los barrotes y abrirse camino unos nueve metros hasta el techo de la prisión. Bajo el techo, todos reunieron los materiales que utilizaron para las balsas.

El trío fugitivo tuvo que cruzar al menos 30 metros de techo. Luego se deslizaron hasta el suelo a lo largo de 15 metros de tuberías. Se escabulleron de los s guardias que estaban fuera de las duchas y llegaron hasta la brumosa orilla. Una vez allí, inflaron las balsas y los chalecos. Y partieron a las 23.30. Jamás volverían a ser vistos de nuevo.

 

 

 


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