Un pene gigante en una tumba o el último deseo de una mujer de Veracruz

Según Doña Catarina, el pene masculino es digno de honor y reverencia.

Un pene gigante en una tumba o el último deseo de una mujer de Veracruz

El último deseo de la veracruzana fue que se instalara una escultura gigante del órgano masculino en su lápida en Ignacio Zaragoza. Según su familia, Doña se reía irónicamente y bromeaba en su tumba, como le gustaba hacer en vida, al ver a la gente hacer fotos de la escultura del pene gigante, que se ha convertido en un adorno del cementerio local.

Doña Cata fue una activista política durante mucho tiempo y era conocida por su maravilloso sentido del humor, su lengua afilada y su amor por las conversaciones picantes. A menudo se podía encontrar a Doña hablando con los políticos locales durante sus campañas y después de sus victorias.

Doña Kata se mostró abierta a conversaciones de las que muchos no están acostumbrados a hablar abiertamente. Según su familia, a Doña le deprimía mucho que hubiera tantos monumentos en el mundo: a políticos, militares, poetas, profesores y muchos otros, y ninguno al órgano reproductor, que ella consideraba digno de honor y reverencia. Ella creía que el órgano masculino debía tener su propio día de fiesta, en el que se alabara el “instrumento del placer” y todos los hombres celebraran el día. Su familia compartió que Doña Kata se sentía perfectamente cómoda hablando de sexo y no sentía la necesidad de avergonzarse por ello. Por el contrario, creía que los demás debían ser tan abiertos como ella.

Antes de morir, Doña pidió a su familia que se erigiera una escultura de un pene en su tumba, para que fuera un recordatorio simbólico para quienes la conocieron de su carácter positivo y abierto en la vida. Según la familia, la escultura, creada por el arquitecto Isidro Lavoigne, fue muy bien recibida en el cementerio. No había esculturas ni monumentos similares en su memoria.

La aventurera Doña Catarina nació en 1921 y vivió unos honorables 100 años. Fue madre de 9 hijos y tuvo muchos nietos, uno de los cuales, Álvaro Mota Limón, se convirtió en el mayor de Misantle a principios de la década de 2000.

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